Primera semana en Japón

Toriis en Fushimi Inari

Mañana vamos a cumplir una semana desde que llegamos a Japón y ha sido una montaña rusa de emociones.  De cierta forma, Japón me ha devuelto el sentir cosas: he sentido alegría al volver a ver a la Satoko y al compartir este viaje con Martín, rabia porque esta enfermedad me ha impedido apreciar algunos momentos del viaje que otras personas darían lo que fueran por vivir y quizás yo no les he dado la importancia que merecen, pena por algunos desacuerdos con Martín (desacuerdos que van a ocurrir siempre y con todo el mundo, simplemente porque somos seres humanos distintos).  Y asimismo, Japón me ha hecho sentir en una lucha constante entre la vida y la muerte, en lo afortunada que soy de estar en este país y lo sencillo que sería tomarme de una las treinta pastillas de clonazepam y clotiazepam que me recetan para poder dormir sin pesadillas.Pero por otro lado, he conocido una parte de la espiritualidad de este país, una espiritualidad que mayormente los mueve entre el budismo y el sintoísmo, siempre en sintonía con la naturaleza y con los dioses que gobiernan sus vidas.  Dentro de esta espiritualidad, conocí a Kitsune, el zorro de nueve colas que es el mensajero de los dioses y Dios en sí mismo haciéndose carne para acercarse a los humanos.  Lo conocí en Fushimi Inari, el santuario sintoísta edificado en su nombre, en donde lloré y lloré al pasar bajo los mil toriis que te llevan a la cima de la Montaña Inari.  Fueron 4.2 kms. de un llanto que evocaba dolor por experiencias pasadas, fragilidad por sentirme vulnerable entre todos los japoneses y turistas que visitan el santuario y alegría por estar siendo capaz de sentir algo nuevamente, de sentirme humana y de poder expresar mis emociones a pesar de la cantidad de medicamentos que estoy tomando.  No ha sido un viaje fácil, no fue el viaje de vacaciones felices que soñé porque simplemente no me encuentro en condiciones mentales para apreciarlo.  No quiero sonar malagradecida, sé cuánta gente quisiera estar en mi lugar, pero tampoco fui yo la que escogió caer en depresión severa.

Realmente espero que los dioses de todas las religiones me oigan y me ayuden a sanar estos neurotransmisores defectuosos.  Partiré por tatuarme a Kitsune, que fue quien me acunó en sus brazos, me hizo sentir calor en el pecho y me produjo un llanto incontrolable que me recordó que no soy mi trabajo, no soy mi profesión, no soy la ropa que uso, ni el maquillaje que me pongo, ni la plata que tengo en el banco. Simplemente soy una persona que busca ser feliz y hacer feliz a los demás con mis acciones. Tengo fe en que mientras tenga eso claro y Kitsune esté en mi muñeca para recordármelo, los sentimientos de autoagresión se irán yendo poco a poco.

No pretendo hacer de este blog un espacio lleno de felicidad y reviews de maquillaje porque creo que las personas somos mucho más complejas que eso, pero están en todo su derecho a dejar de seguirme si buscan algo más ligero y entretenido de leer.  Tampoco pretendo recibir comentarios lastimeros ni de odio, porque lo que escribo es lo que siento y es absolutamente honesto y espero que lo entiendan así.

Un abrazo desde la tierra del sol (re)naciente.

Inari Kitsune
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